miércoles, 8 de diciembre de 2010

Español...La auténtica masonería tiene sus cimientos en los masones vocacionados


En una logia donde los hermanos nos limitamos a vivir de un modo descriptivo y superficial los símbolos y rituales masónicos, en vez de comprenderlos y conectarlos con nuestras propias existencias; en esta clase de logia, lo que hacemos es alentar la mera acumulación de datos, desarrollando el hábito de pensar mecánicamente. Pero, la verdad es que nada de eso ayuda al masón a convertirse en un “homo initium”, ni a construirse como un ser integrado.

Una logia como esta no favorece la “libertad” del masón ni la comprensión del “Arte Real”. Los símbolos y rituales divorciados de la vida no tienen gran significación, ni poder de modificar nuestras conciencias.

En este tipo de logia no sabremos preparar el terreno, ni podremos abonar la buena tierra para un verdadero “renacimiento” de la masonería en este siglo XXI. Peor aún, cabe con toda probabilidad que la existencia de la logia transcurra generando malentendidos, conflictos y altercados entre hermanos.

Si los hermanos no estamos viviendo nuestro propio interés “vocacionado” por la masonería, forzosamente generaremos envidia y antagonismo entre nosotros, y malgastaremos nuestras energías en altercados por detalles insignificantes y en discusiones inútiles; mientras que si nos mueve una ardiente motivación por hacer realidad nuestra propia construcción, siguiendo el mensaje del acróstico V.I.T.R.I.O.L, todas las irritaciones y desavenencias superficiales rápidamente quedarán atrás.

La masonería vocacionada nos hace flexibles en las relaciones de fraternidad; y, al mismo tiempo que nos impulsa a ser individualmente libres, nos ajusta a los reglamentos haciendo todo lo necesario para el beneficio de toda la logia.

Si tenemos un interés vocacionado, entonces habrá un ajuste constante y reflexivo por parte de todos los hermanos a las exigencias que ineludiblemente conlleva la gestión de una logia. En toda relación hay fricciones y malentendidos inevitables, pero estos se magnifican cuando el afecto vinculador del interés común está ausente.

En una logia, donde los hermanos han vocacionado su interés por la masonería, los antagonismos y las fricciones se ven como lo que son: inútiles y destructivos, y todas las conversaciones y discusiones ayudan a averiguar qué es lo razonable y no quién tiene razón.

La verdad es mucho más importante que los hermanos que componemos la logia. Una logia que no busca la verdad está abocada a la decadencia.
La “Sabiduría” y el “Espíritu de la fraternidad” deben permear la logia entera a todas horas. Esto no es algo que podamos dejar a la casualidad; y el mencionar, sea constantemente o ocasionalmente, las palabras “hermano” y ”fraternidad” tiene muy poca significación sin un interés vocacionado por la masonería.

Cuando hay un interés común en la vivencia, el sentido y la vigencia de la masonería, hay también franqueza y fraternidad entre los hermanos, y jamás puede surgir el antagonismo entre nosotros; pero si falta ese interés común, aunque superficialmente cooperemos a fin de obtener el beneficio de todos, cabrán siempre el conflicto y la enemistad.

Para crear una logia masónica vocacionada, cada uno de nosotros tiene que ser su propio maestro: tenemos que reeducarnos a nosotros mismos como eternos aprendices.

El verdadero masón es rico interiormente y, por tanto, no pide nada para él; no es ambicioso, ni busca el poder en forma alguna; no utiliza su “grado” o “condición” como medio de conseguir posición o autoridad, y está, así pues, libre de toda coacción por parte de otros hermanos y de todo control profano.

Tales hermanos tienen lugar preferentemente en una masonería vacacionada, ya que la auténtica masonería tiene sus cimientos, no en los grados, ni en los oficios ni en sus órganos, sino en los masones vocacionados.

Si el núcleo de los hermanos de una verdadera logia se compone de hermanos vocacionados, entregados a su propia contrucción, atraerá a otros hermanos que tengan el mismo propósito e interés en la masonería, y aquellos hermanos que no estén vocacionados se sentiran fuera de lugar. Si el centro está alerta y no vive mecánicamente las metáforas creadas por los símbolos y rituales, cabe la posibilidad de que la periferia se anime a vocacionar su interés por la masonería, o se desanime y acabe por desaparecer.

Una triple exclamación:

¡La auténtica masonería tiene sus cimientos, no en los grados, ni en los oficios ni en sus órganos, sino en los masones vocacionados!

¡La auténtica masonería tiene sus cimientos, no en los grados, ni en los oficios ni en sus órganos, sino en los masones vocacionados!

¡La auténtica masonería tiene sus cimientos, no en los grados, ni en los oficios ni en sus órganos, sino en los masones vocacionados!