jueves, 26 de agosto de 2010

Español…¿Podría llegar a ser Masón el mitológico Narciso?


Después del periodo vacacional, retomando las publicaciones, os hablaré sobre la ocurrente y graciosa reflexión que me despertó releer el tercer libro de “Las Metamorfosis” (Metamorphoseon, en latín) del poeta romano Ovidio, nacido como Publius Ovidius Naso en Sulmona, un mes de marzo del año 43 a.c.

En este tercer libro de “las Metamorfosis”, Ovidio, nos relata el mito de Narciso (en griego Νάρκισσος), ese joven de la mitología griega conocido por su gran belleza y por su muerte y renacimiento en la flor que lleva su nombre: un día sintió sed y acercándose a beber a un arroyo, quedó fascinado por la belleza de su reflejo, por lo que no se atrevió a beber por miedo a dañarlo, e incapaz de dejar de mirarlo, murió contemplando su propia imagen. Y la flor que lleva su nombre creció en el lugar de su muerte.

Al releer este relato mitológico, inopinadamente, y de un modo simpático, me pregunté si, en el caso de haber conocido la Masonería, el mitológico Narciso, hubiera llamado profanamente a las puertas de alguna Logia, solicitando su ingreso. Más aún, siendo iniciado, ¿cómo habría vivido su camino masónico?

¿Creéis vosotros que el personaje de la mitología griega, Narciso (en griego Νάρκισσος,) podría, como hermano, formar parte de la Masonería?

Mi cuestionable opinión tiende a responder afirmativamente: ¡Sí!

Para completarlo os diré que desde el punto de vista psicológico una parte de la conducta de Narciso se podría aludir a una serie de rasgos propios de la personalidad normal, como una faceta necesaria en el desarrollo de la misma. Algunos psiquiatras y psicólogos hablan del beneficio de una razonable cantidad de narcisismo sano, que no es el caso de nuestro Narciso.

Nuestro Narciso, en su extrema naturaleza, tiene y vive su visión de las cosas como el patrón al cual el mundo debe someterse. Hay en Narciso una inagotable sed de admiración y adulación, incapacitándolo para poder reflexionar y valorar serenamente la realidad. Vive más preocupado por su actuación, en cuanto al efecto teatral y reconocimiento externo de sus acciones, que por la eficacia real y utilidad de las mismas. Y poseyendo, quizá, una aguda inteligencia, la obnubila por su visión grandiosa de sí mismo y por su hambre de reconocimiento.

¿Creéis vosotros que podríamos encontrar a nuestro mitológico Narciso trabajando en alguna de nuestras logias? ¡Sin duda alguna!

No necesito explicaros como nuestro Narciso podría vivir su “Camino Masónico”. Si os diré que Narciso no podrá, por su personalidad, vivir los Ritos más allá de un acto mecánico. Quedando la simbología en una mera descripción, incapaz de poder vivir los trabajos iniciáticos. Sin embargo, todas estas desventajas (que nuestro mitológico Narciso no considerará) las compensaría con otros aspectos más acordes con su visión y necesidades: las necesidades de Narciso.

Y ahora os cuento lo que me he callado durante todo el relato, reservándolo para el final: Narciso era hijo de la ninfa Liríope de Tespia, que preocupada por el futuro de su hijo, consultó con el adivino ciego Tiresias, uno de los adivinos más celebres de la mitología griega. Tiresias le vaticinó que Narciso viviría hasta una edad avanzada mientras nunca se conociera a sí mismo.

Es fácil comprender que Tiresias no se refería a las palabras inscritas en la puerta del templo de Apolo en Delfos: “conócete a ti mismo”, y mucho menos, por razones de espacio y tiempo, a la invitación del acróstico V.I.T.R.I.O.L.; sino a una “vida” sin un real y verdadero interés hacia el exterior de sí mismo, hacia otras realidades, hacia la “verdad”. Y así, “encantado de conocerse”, muere de sed incapaz de alejarse de su propia imagen e incapaz de profanar la quietud del agua, por miedo a que su visión desaparezca.

Nuestro mitológico Narciso, por su personalidad extrema, aún pudiendo perseguir sus intereses ingresando en la Masonería, no podría seguir la invitación del acróstico V.I.T.R.I.O.L.: su fin es convertirse en flor.

Sin embargo, quedaría la esperanza de que, quizá, a partir de un primer destello de luz se planteara incorporarse al camino del "autoesclarecimiento", empezando por agitar las quietas aguas del estanque donde se refleja su imagen.

Consecuentemente, nuestro Narciso, habiendo pasado por el ritual de iniciación, "acumulando" grados y una "carrera" masónica, no alcanzará, por no haber agitado las aguas de su estanque, formar parte de ese hombre nuevo y evolucionado que se conforma con el "hombre iniciado", con el "Masón vocacionado".

Ya veis como el verano genera relaciones y conexiones extrañas, pero simpáticas.