martes, 28 de diciembre de 2010

Español...La Luz Eterna / R.E.A.A.


El REAA, antes de la entrada de los hermanos al Templo, indica que mientras los hermanos esperamos en la zona de pasos perdidos, el V .•. M .•. entrará en el Templo y encenderá la vela que representa la LUZ ETERNA, situada al pie del altar.

“Es la luz que permanece encendida desde la consagración del templo, y de ella se recoge la llama para la consagración de un nuevo templo. Simboliza el espacio y tiempo sacralizado del recinto”.

Es la luz desde la cual iniciamos el Ritual del encendido de luces, en la apertura de los trabajos en logia.

“La Logia trabaja en un lugar sagrado, y en un tiempo sagrado”.

Los hermanos al intuir desde la zona de pasos perdidos la presencia de la LUZ ETERNA recordaremos su simbología y la calidad del lugar y el tiempo hacía el que nos dirigimos.

Llenar de contenido el símbolo representado por la LUZ ETERNA nos ayudará a los hermanos a desprendernos de los "METALES" antes de proceder a la entrada en el Templo.

Desprenderse de los METALES, en la zona de pasos perdidos, es “conditio sine qua non” para sacralizar nuestros trabajos en logia.


English...Why Freemasonry differs from other kinds of associations?

domingo, 26 de diciembre de 2010

Español...¿Deberíamos dotar a nuestras logias con un detector de metales?


En masonería la noción de sagrado nos permite a los hermanos masones trabajar espiritual y moralmente en una separación con lo profano.

Como espacio sagrado, el templo masónico, es un recinto donde somos nutridos en un nivel profundo de nuestra conciencia. Un espacio sagrado que nos dispone para buscar la Sabiduría, la Belleza, y la Fuerza dentro de nuestros condicionamientos y relatividades, al mismo tiempo que nos otorga la seguridad suficiente para abrirnos y recibir la energía de la vida a través de la fuerza creativa pura, al debastar nuestra propia piedra bruta.

Este espacio sagrado no existe “per se”, ni “ex nihilo”. Siendo mucho más que un lugar físico se crea de nuevo en cada tenida, limitado por la apertura y el cierre de los trabajos en logia.

De ahí la importancia de “sacudirse los metales” en la zona de pasos perdidos, “ad portas”, antes de entrar en el Templo. Sin este “ejercicio” no nos será posible sacralizar ni el espacio físico, ni nuestros trabajos; y tanto nos dará “reunirnos” en el interior del templo como en la zona de pasos perdidos, sin hallar mayor diferencia que la decoración y la distribución de los hermanos en el recinto.

“Sacudirse los metales”, en la zona de pasos perdidos, es “conditio sine qua non” para sacralizar nuestros trabajos en logia, ya que los metales pueden llegar a tener tal fuerza que logren distorsionar y desplazar el sentir de lo masónico.

Como medio de seguridad para garantizar que lograremos abandonar el mundo profano y crear un verdadero espacio simbólico y sagrado en las tenidas ¿deberíamos dotar a la Logia con un detector de metales, con pitido y vibrador?

No, no será necesario tal dispendio. Existen a nuestro alcance otras herramientas y técnicas que podemos utilizar en esta empresa de “sacudirnos los metales”.

Casi todos los métales se oxidan y fragmentan con la exposición al aire. La técnica es simple, consiste en una introspección verdadera y a conciencia de nuestros pensamientos, actitudes y emociones. De esa manera es posible atacar los metales ahí cuando aparecen para empujar, con su presencia, hacia lugares diferentes que no queremos transitar. Una introspección verdadera que debe estar en comunión con los valores de la masonería.

El problema está en que algunos hermanos se lo ponen difícil a la “Verdad”, quizá porque desconocen que la llevan incorporada.

Prepararnos en la zona de pasos perdidos, “ad portas”, “sacudiéndonos los metales” y sustituyéndolos por la empatía, la gratitud, el perdón, la serenidad, y la construcción de nuestro propio templo es más que necesario si con la apertura y cierre de los trabajos en logia queremos sacralizar tanto el espacio psíquico como físico, a través del ritual y los símbolos masónicos.

“Sacudirse los metales”, en la zona de pasos perdidos, es “conditio sine qua non” para sacralizar nuestros trabajos en logia.

martes, 21 de diciembre de 2010

Español...El LAICISMO significa un despertar de la condición humana, un nuevo nivel de conciencia colectiva


El concepto de “Estado Laico”, versus “Estado confesional”, surgido históricamente a finales del XIX, y vinculado al “Siglo de las Luces” y a la Revolución Industrial, considera su fundamento en la “libertad de conciencia” y la no imposición de normas y valores morales contenidos en religión alguna.

Un “Estado Laico” no es sinónimo de hostilidad o indiferencia contra ninguna religión o Iglesia, sino todo lo contrario, basándose en los derechos constitucionales que garantizan la “libertad de conciencia” y “la libertad religiosa” como pilares del respeto a la “pluralidad” dentro de las sociedades “liberales”; basándose en estos principios, protege la diversidad religiosa y la cooperación con todas las confesiones dentro de la “neutralidad del Estado”.

Fernando Savater, profesor de ética y filósofo, resume este principio cuando dice que “en la sociedad laica tienen acogida las creencias religiosas en cuanto derecho de quienes las asumen, pero no como deber que se pueda imponer a nadie. De modo que es necesaria una disposición secularizada y tolerante de la religión, incompatible con la visión integrista que tiende a convertir los dogmas propios en obligaciones sociales para otros o para todos”.

Fernando Savater va mas allá, al añadir que: “Lo mismo resulta válido para las demás formas de cultura comunitaria, aunque no sean estrictamente religiosas”.

Es de resaltar que durante el siglo XIX, especialmente en Francia, al proporcionar al sustantivo “laicismo” un contenido de “acción” y “proceso”, es decir, la puesta en práctica del laicismo, a través de la palabra “Laicización”, se entendió todo aquello que había que hacer para desvincular la educación del control de las órdenes religiosas, buscando una escuela pública, gestionada exclusivamente por el Estado, garantizando la igualdad para todos.

Este significado de “Laicización” ha ido configurándose, con toda su dimensión actual, durante los siglos XX y XXI al entenderse como resultado de la “evolución de las sociedades” a la luz de los “Derechos Humanos” y el respeto de la pluralidad.

La palabra laicismo procede del griego “laikus” (pueblo) en oposición a “Klerikus” (Clérigo).

El “laicismo” como fenómeno histórico, social, económico, político y cultural significa un “despertar” de la condición humana, un nuevo nivel de “conciencia colectiva”.

Para comprender ese “despertar” de la condición humana, podemos recurrir a los sustratos de nuestras culturas denominadas “occidentales”: a la antigüedad grecorromana, donde los filósofos intentaron explicar el origen de las creencias.

El poeta romano Lucrecio en “De natura rerum” (sobre la naturaleza de las cosas) decía que los hombres inventaron a los dioses para explicar las maravillas y los misterios de la naturaleza, para explicar lo que no entendían ni controlaban.

El sofista helénico Critias pensaba que la religión, y el temor a los dioses, se había inventado para imponer a cada uno el respeto a la sociedad: disciplina, moral, así como el sentido del bien y del mal.

La mayoría de antropólogos, psicólogos y sociólogos ven resumidos, en estos dos postulados, la justificación histórica y evolutiva de las las sociedades teocráticas y confesionales

Es en la evolución de la condición humana y de las sociedades donde los Derechos Humanos y el respeto a la pluralidad construyen esa “nueva conciencia social”, es en ese nivel donde la “laicidad” adquiere todo su sentido.

El “laicismo” como fenómeno histórico, social, económico, político y cultural significa un “despertar” de la condición humana, un nuevo nivel de “conciencia colectiva”.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Español...La auténtica masonería tiene sus cimientos en los masones vocacionados


En una logia donde los hermanos nos limitamos a vivir de un modo descriptivo y superficial los símbolos y rituales masónicos, en vez de comprenderlos y conectarlos con nuestras propias existencias; en esta clase de logia, lo que hacemos es alentar la mera acumulación de datos, desarrollando el hábito de pensar mecánicamente. Pero, la verdad es que nada de eso ayuda al masón a convertirse en un “homo initium”, ni a construirse como un ser integrado.

Una logia como esta no favorece la “libertad” del masón ni la comprensión del “Arte Real”. Los símbolos y rituales divorciados de la vida no tienen gran significación, ni poder de modificar nuestras conciencias.

En este tipo de logia no sabremos preparar el terreno, ni podremos abonar la buena tierra para un verdadero “renacimiento” de la masonería en este siglo XXI. Peor aún, cabe con toda probabilidad que la existencia de la logia transcurra generando malentendidos, conflictos y altercados entre hermanos.

Si los hermanos no estamos viviendo nuestro propio interés “vocacionado” por la masonería, forzosamente generaremos envidia y antagonismo entre nosotros, y malgastaremos nuestras energías en altercados por detalles insignificantes y en discusiones inútiles; mientras que si nos mueve una ardiente motivación por hacer realidad nuestra propia construcción, siguiendo el mensaje del acróstico V.I.T.R.I.O.L, todas las irritaciones y desavenencias superficiales rápidamente quedarán atrás.

La masonería vocacionada nos hace flexibles en las relaciones de fraternidad; y, al mismo tiempo que nos impulsa a ser individualmente libres, nos ajusta a los reglamentos haciendo todo lo necesario para el beneficio de toda la logia.

Si tenemos un interés vocacionado, entonces habrá un ajuste constante y reflexivo por parte de todos los hermanos a las exigencias que ineludiblemente conlleva la gestión de una logia. En toda relación hay fricciones y malentendidos inevitables, pero estos se magnifican cuando el afecto vinculador del interés común está ausente.

En una logia, donde los hermanos han vocacionado su interés por la masonería, los antagonismos y las fricciones se ven como lo que son: inútiles y destructivos, y todas las conversaciones y discusiones ayudan a averiguar qué es lo razonable y no quién tiene razón.

La verdad es mucho más importante que los hermanos que componemos la logia. Una logia que no busca la verdad está abocada a la decadencia.
La “Sabiduría” y el “Espíritu de la fraternidad” deben permear la logia entera a todas horas. Esto no es algo que podamos dejar a la casualidad; y el mencionar, sea constantemente o ocasionalmente, las palabras “hermano” y ”fraternidad” tiene muy poca significación sin un interés vocacionado por la masonería.

Cuando hay un interés común en la vivencia, el sentido y la vigencia de la masonería, hay también franqueza y fraternidad entre los hermanos, y jamás puede surgir el antagonismo entre nosotros; pero si falta ese interés común, aunque superficialmente cooperemos a fin de obtener el beneficio de todos, cabrán siempre el conflicto y la enemistad.

Para crear una logia masónica vocacionada, cada uno de nosotros tiene que ser su propio maestro: tenemos que reeducarnos a nosotros mismos como eternos aprendices.

El verdadero masón es rico interiormente y, por tanto, no pide nada para él; no es ambicioso, ni busca el poder en forma alguna; no utiliza su “grado” o “condición” como medio de conseguir posición o autoridad, y está, así pues, libre de toda coacción por parte de otros hermanos y de todo control profano.

Tales hermanos tienen lugar preferentemente en una masonería vacacionada, ya que la auténtica masonería tiene sus cimientos, no en los grados, ni en los oficios ni en sus órganos, sino en los masones vocacionados.

Si el núcleo de los hermanos de una verdadera logia se compone de hermanos vocacionados, entregados a su propia contrucción, atraerá a otros hermanos que tengan el mismo propósito e interés en la masonería, y aquellos hermanos que no estén vocacionados se sentiran fuera de lugar. Si el centro está alerta y no vive mecánicamente las metáforas creadas por los símbolos y rituales, cabe la posibilidad de que la periferia se anime a vocacionar su interés por la masonería, o se desanime y acabe por desaparecer.

Una triple exclamación:

¡La auténtica masonería tiene sus cimientos, no en los grados, ni en los oficios ni en sus órganos, sino en los masones vocacionados!

¡La auténtica masonería tiene sus cimientos, no en los grados, ni en los oficios ni en sus órganos, sino en los masones vocacionados!

¡La auténtica masonería tiene sus cimientos, no en los grados, ni en los oficios ni en sus órganos, sino en los masones vocacionados!




sábado, 27 de noviembre de 2010

Español...Un masón vocacionado prefiere el fluir suave a la velocidad


Comúnmente, para poco provecho del masón y de la Masonería, equivocamos el sentido del proceso del “Arte Real” al medir nuestro “trabajo masónico” en función de los grados, oficios y condecoraciones adquiridas.

¿Qué pasaría si el “criterio de excelencia”, si nuestra regla de 24 pulgadas, fuera cuán plenamente presente estuvo el masón durante ese proceso? Es decir, si midiéramos nuestro “trabajo masónico” desde la calidad con que se hizo la obra, considerando la cantidad de sentimiento y de pensamiento que subyace en el trabajo creativo de desbastar nuestra propia piedra.

El “Arte Real”, a través de las metáforas creadas con los símbolos y rituales, únicamente nos “construye “cuando experimentamos el proceso integral de la vida. Sin esa vivencia personal, todos los grados adquiridos no tienen ningún valor. Tal es el objeto cuando damos contenido a los símbolos y rituales, al mismo tiempo que con una actitud personal proactiva y con una “atención plena”, nos atrevemos a tomar las riendas de nuestra propia existencia, de nuestro propio condicionamiento.

Medir nuestro “trabajo masónico” sin este “criterio de excelencia” es reducir nuestro pase de un grado a otro a una mera vivencia mecánica y superficial. Y, lo que es más desafortunado, sin este “criterio de excelencia” es inviable nuestra propia construcción; ya que, desde esa postura y forma de vivirla: en el momento en que la empezamos ya está terminada, al confundir nuestro “perfeccionamiento “con unos grados otorgados por los hombres.

Un masón adiestrado sin más es una mera descripción de símbolos y rituales, creyendo que su “perfeccionamiento” consiste en un simple pasar de un grado a otro, está anclado en su pasado, y no está en condiciones de descubrir lo nuevo. No está en condiciones de vivir los trabajos “iniciáticos”, ni está en condiciones de recibir el mayor y más preciado regalo del “Arte Real”: el “autoesclarecimiento”.

Considerarse a sí mismo como una obra en construcción es el primer paso para seguir el mensaje del acróstico V.I.T.R.I.O.L., y , el masón cuya regla de 24 pulgadas contiene el “criterio de excelencia” prefiere el fluir suave a la velocidad.

Un masón debe tener cuidado en no basar inconscientemente o conscientemente su pertenencia a la Masonería en una lógica de competición, en una carrera por los grados.

Peor todavía, el masón identificado sólo con los grados, oficios y condecoraciones obtenidas o por obtener, tergiversa el sentido y la vigencia de la Masonería, su visión de la misma está completamente deformada y, por consiguiente, la percepción de su propia construcción. La única forma de volver a tener una visión correcta pasa por su propia reeducación masónica, “vocacionando” su interés por la Masonería. El camino del “Arte Real” empieza dentro de uno mismo, con la autoconciencia y la necesidad de buscar la verdad. Es una transición de lo externo a lo interno. Por ello, el don más precioso que un masón puede otorgarse es animarse a “vocacionar” su interés por la Masonería.

Aunque no lo percibamos, el beneficio del “Arte Real” siempre está presente, siempre está con nosotros. Es lo más real de todo lo real. No se ve, pero se pueden ver sus efectos.

Un masón vocacionado prefiere el fluir suave a la velocidad.

viernes, 29 de octubre de 2010

Español...El "Masón Vocacionado" no tiende a evadirse de su realidad


La Masonería, con el “Arte Real”, no nos proporcionará ningún “Beneficio Masónico” si lo que buscamos en ella viene impulsado por una huida o por un mecanismo compensatorio a nuestra “existencia” y “circunstancias”.

El “Beneficio” del “Arte Real no se construye al escapar o compensar nuestra realidad, sino en volver a nosotros mismos buscando la verdad y la lucidez: VISITA INTERIORA TERRA RECTIFICANDO INVENIES OCCULTUM.

A través de los “Símbolos” y los “Rituales”, del “Arte Real”, los masones debemos experimentar y sentir el proceso integral de la vida. Dotándolos, a estos “Símbolos” y “Rituales”, de verdadero sentido y carga emocional al comprender su relación con nuestra propia naturaleza y vivencias.

Un “Masón Vocacionado”, es decir, aquel que ha emprendido el proceso de despertar voluntariamente, no tiende a evadirse de la realidad. El “Masón Vocacionado”, preparado para un crecimiento interior radical y profundo, vive el seguimiento del mensaje del acróstico V.I.T.R.I.O.L. comprometiéndose con su vida, con la Fraternidad y con la vida de su sociedad.

El aspecto más significativo de un “Masón Vocacionado” reside en su propio trabajo: íntimo y secreto; el cual será incompleto si la “Nueva conciencia” y la “Lucidez” adquiridas a través del mismo no se aplican en su vida diaria y en su propia cotidianeidad: en su trabajo, en sus relaciones y en las respuestas a las situaciones planteadas en su entorno más próximo y en el resto del mundo.

En el “Masón Vocacionado” todo es “acción”: antes, durante y después de adquirir “nuevas conciencias”. Su trabajo consiste en desbastar y pulir su propia piedra, participando en la construcción del Templo de la Humanidad.

Un “Renacimiento de la Masonería” requiere redefinir el concepto de “práctica” y “acción”, mientras regamos la semilla de la “Masonería Vocacionada”. Un “masón vocacionado” sabe dónde reside la diferencia entre la “Masonería” y otros tipos de organizaciones.

En verdad, la gracia capital de la vocación masónica es, que aquel que la posee, “el vocacionado”, vive el ejercicio de esa vocación como su mejor recompensa.

Una recompensa mayor y más amada que todos los “pluses”, “primas”, “prebendas” y “sobresueldos” que pudiera alcanzar como consecuencia de pertenecer a una u otra logia, a una u otra obediencia.